Crónica involuntaria de la precariedad

| | ,

Por: Daniel Bernabé

Si quieren conocer una época vayan mejor que a sus museos, a sus vertederos. Mientras que en los primeros damos nuestra mejor imagen, seleccionamos los logros atemporales que queremos que nos definan como humanidad, los segundos reúnen una colección de todo aquello que una vez nos fue útil pero que acabamos desechando, acogen lo consumido, lo que tuvo un valor efímero pero a la vez deslumbrante para nuestros ojos. Nuestra sociedad se parece más a un embalaje de pizza congelada que a la Victoria alada de Samotracia.

Además de los vertederos físicos, donde se acumulan toneladas de basura, existen también los culturales, esos que se componen no de las creaciones artísticas con intención de perdurar, sino de los productos, especialmente audiovisuales, que consumimos también a toneladas cada día. Restemos la moralidad de la crítica, no se trata de establecer comparaciones, reprendernos por preferir Juego de tronos a Memorias de Adriano, tan sólo dejar constancia de la diferencia de producción: mientras que el fin último de la cultura popular es el consumo masivo, al margen de sus calidades artísticas, la alta cultura, sea masiva o minoritaria, pretende dar una visión única a través de los ojos de un autor de unas preocupaciones trascendentes.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
“Son estos productos culturales, desde las series de ficción hasta los programas de entretenimiento, los que nos explican como sociedad, pero también los que nos forman, los que nos transmiten determinados sentidos comunes, en un bucle entre aquello que trata de describir y aquello que prescribe”.Daniel Bernabé, escritor y periodista.

De hecho son estos productos culturales, desde las series de ficción hasta los programas de entretenimiento, los que nos explican como sociedad, pero también los que nos forman, los que nos transmiten determinados sentidos comunes, en un bucle entre aquello que trata de describir y aquello que prescribe, voluntariamente o por mero seguidismo. Los sentidos comunes, lo que marca que es lo normal, lo aceptable y lo compartido, se conforman desde muchas fuentes, casi todas ellas afines al poder económico, entre ellas, desde al menos la mitad del siglo pasado, el cine, la televisión o la música.

No caigamos, por otro lado, en ese fatalismo distópico donde todo es espectáculo y todos somos sujetos de estudio de Lasswell, es decir, individuos absolutamente moldeables por el aparato cultural de un poder dado. De hecho, que las técnicas de transmisión de valores se hayan hecho cada vez más refinadas y efectivas no quita para que además de un ejército de prestidigitadores televisivos que nos marcan qué es la actualidad, es decir, de qué se debe hablar, también sigan existiendo reservas de gas lacrimógeno. Los sentidos comunes también se forman por experiencia directa o compartida y, en ocasiones, cuando la imagen real y la retransmitida distan un abismo, son los que provocan que también sigan existiendo tanto la crítica como la protesta.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
“Los anuncios, además de vender con cierta virtud la calidad, además de fabricar el latido que nos hace desear lo superfluo, también valen en su aspecto más crudo para que aceptemos aquello que hasta hace poco considerábamos inaceptable”.Daniel Bernabé, escritor y periodista.

De todas estas fuentes de contenido, la publicidad es una de las más apasionantes para entender tanto qué somos como qué quieren que seamos. No se engañen, detrás de cada comercial hay invertidas grandes sumas de dinero en estudios de mercado con la intención de aprovechar ese deseo inédito que el rival no ha detectado. Las necesidades existen, por eso no hay anuncios de pan o de oxígeno, pero también se crean, dándose la paradoja de que quien nos fomenta los apetitos también necesita desenredar la madeja en la que estamos envueltos. De tanto repetirnos que somos individuos hiper-especiales nos hemos acabado comportando como tal.

Los anuncios, además de vender con cierta virtud la calidad, además de fabricar el latido que nos hace desear lo superfluo, también valen en su aspecto más crudo para que aceptemos aquello que hasta hace poco considerábamos inaceptable. Que las casas de apuestas hayan inundado las pantallas de los hogares españoles, en un despliegue publicitario de dimensiones gigantescas, no tiene la misión final de que conozcamos su existencia, ni siquiera de que consideremos atractivo el juego. Su objetivo último es que normalicemos su existencia, que más allá de que caigamos en sus redes asumamos cabizbajos que son un negocio más del tejido empresarial. Cuando un producto resulta conflictivo es más importante conseguir su normalización antes incluso que conseguir venderlo.

Sin embargo, en esas ocasiones donde el azar se sitúa al lado de la crítica y no de la ruleta, los anuncios conspiran para darnos una imagen bastante precisa de en qué nos estamos convirtiendo. En esa franja tan preciada del final de la mañana, entre tertulias políticas y programas del corazón, aparecen un día consecutivamente tres anuncios en una coreografía demoledora: el primero de una compañía privada de búsqueda de empleo, el segundo de una empresa de entrega a domicilio y el tercero de una casa de apuestas.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
“Lo que se nos venía a contar (en el anuncio) era la ensoñación neoliberal de que apenas hacía falta un poco de dinamismo y un teléfono para que las ofertas de empleo llovieran del cielo, o cómo ante el endémico problema de la precariedad y el paro, la tecnología bastaba para arreglarnos la vida”.Daniel Bernabé, escritor y periodista.

En el primer comercial, protagonizado por jóvenes sonrientes, atractivos y saludables, se nos vendía una aplicación para móviles con el objetivo de encontrar trabajo. Pero, más allá, lo que se nos venía a contar era la ensoñación neoliberal de que apenas hacía falta un poco de dinamismo y un teléfono para que las ofertas de empleo llovieran del cielo, o cómo ante el endémico problema de la precariedad y el paro, la tecnología bastaba para arreglarnos la vida. Aunque, evidentemente, nadie espera un alegato sindical en un anuncio de una empresa de trabajo temporal, el extremo optimismo desplegado en la narración resulta tragicómico en un contexto laboral con tantas dificultades. Más aún, incluso hiriente si algún trabajador desprevenido acaba pensando que la culpa de no encontrar empleo es suya por desconocer tan enorme maravilla digital.

Como imaginarán, que a continuación se promocionara una empresa de entregas a domicilio, paradigma de la desregulación laboral y las condiciones de trabajo lamentables, y por último, uno de esos casinos situados en los barrios de clase trabajadora, daba a la atmósfera de irrealidad y optimismo de la aplicación para móviles una sonora bofetada. La concatenación de historias nos descubrió la cotidianidad de millones de personas a las que la tecnología tan sólo les ha facilitado su inclusión en ocupaciones precarias, eventuales e incapaces de mantener un proyecto de vida. Y a lo peor, buscar una salida en su tiempo de ocio jugándose el dinero.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.
“Lo extraño es que estén volviendo ocupaciones de novela de Pérez Galdós pero que, tras bautizarlas con un anglicismo, nos parezcan formas atractivas de nombrar a la subsistencia”.Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Lo extraño es que a la vuelta a la tertulia estos temas pasaran desapercibidos, y tan sólo se hablara de algo que quería asemejarse a la política pero que era juego retórico, a menudo medido por las mismas reglas de los anuncios. Lo extraño es que estén volviendo ocupaciones de novela de Pérez Galdós pero que, tras bautizarlas con un anglicismo, nos parezcan formas atractivas de nombrar a la subsistencia. Lo extraño es que este año se cumpla el centenario de la huelga que nos trajo la jornada de ocho horas y hoy sean cada vez más los que carecen de un contrato donde figure cuál es su horario.

Lo que ocurre es que lo extraño se vuelve razonable cuando nos lo cuentan muchas veces de la mejor manera posible, de esa forma en que aceptamos lo inadmisible, de ese modo en que la imposición parece consenso y la orden, sonrisa.

Previous

VIDEO: Policía brasileño golpea con una pistola a la dueña de un restaurante por confundir la salsa de su hamburguesa

Oruro: Realizan primer encuentro para la agenda del bicentenario

Next

Deja un comentario